ACTIVIDAD FÍSICA Y SEDENTARISMO POST-ICTUS

Es bien sabido que la actividad física puede reducir los cambios perjudiciales secundarios a un ictus, como son la pérdida del músculo esquelético, el cambio en la estructura muscular, la pérdida de masa ósea y la reducción de la capacidad cardiorrespiratoria. También se ha demostrado que la actividad física modifica los factores de riesgo de ictus al mejorar la regulación de la glucosa, el metabolismo de los lípidos, la sensibilidad a la insulina, la regulación de la presión arterial y la función celular.


Para lograr estos beneficios a nivel de salud, las guías internacionales recomiendan que las personas después del ictus participen en ejercicios de intensidad moderada durante 20 a 60 minutos por sesión (o tres sesiones de 10 a 15 minutos a lo largo del día) al menos tres veces por semana.


Desafortunadamente, existe una brecha entre las guías de práctica clínica y la realidad, ya que los estudios constantemente nos recalcan que las personas con ictus son muy sedentarias.


Se considera que el umbral para considerar a una persona sedentaria está en un número de pasos diarios inferior a 5000. En personas mayores sanas los valores normales oscilan entre los 6000 y 7000 pasos al día (sin realizar ejercicio físico per sé). En un estudio Tudor-Locke recomienda entre 6500 y 8500 pasos al día para aquellas personas que viven con una discapacidad o enfermedad crónica.


West y Bernhardt descubrieron que durante un día terapéutico (8 am-5 pm) los pacientes pasaban más del 50% del tiempo en cama. Barrett y colaboradores sugieren que el total de la actividad de los pacientes no está asociado a la severidad del ictus, el tiempo posterior al ictus, el soporte social, la ansiedad, la depresión o la discapacidad, lo cual nos lleva a pensar que las causas son de origen institucional y estructura de la rehabilitación. Asimismo, Astrand y colaboradores sugieren que el ambiente hospitalario y su estructura favorecen el sedentarismo.

Niveles bajos de terapia, a baja intensidad,  y un excesivo sedentarismo conspiran para reducir el potencial de recuperación, predominando una cultura de rehabilitación que promueve el reposo y desalienta la actividad. Ello sugiere la necesidad de un cambio de paradigma.


Se recomienda aumentar la intensidad de las sesiones de neurorrehabilitación y añadir terapia por la tarde y en fines de semana. Las guías canadienses recomiendan 15 horas de terapia a la semana por lo menos, y no cualquier terapia, sino terapia específica de la tarea.

Las causas del bajo nivel de actividad física post-ictus tienen más que ver con las instituciones y estructura de rehabilitación que con factores relacionados al ictus.

Lo que es innegable es que las personas que padecen un ictus realizan en un día muchos menos pasos y con periodos más cortos de actividad en comparación con sus correlatos sanos. Un metaanálisis reciente encontró que las personas después de un ictus caminaron solo el 50% del número recomendado de pasos por día para adultos mayores sanos, y fueron significativamente menos activos que las personas con otras enfermedades crónicas. El recuento promedio en individuos con ictus fue de 2500 a 3000 pasos/día.


Por lo tanto, es importante entender cómo ayudar a las personas después de un ictus a adoptar y mantener comportamientos de actividad física. Una de las claves a este respecto es el incentivar periodos más largos de marcha, normalmente reducidos tras un ictus.


Los resultados que muestran los estudios actuales sobre sedentarismo post-ictus son similares a aquellos reportados hace 15 años, sugiriendo que las estrategias de traslación del conocimiento son urgentes.


Así, todos los profesionales dentro de la neurorrehabilitación somos fundamentales para fomentar patrones de comportamiento positivos en una etapa temprana y ayudar a traducir la movilidad y los beneficios funcionales logrados en la terapia a un aumento de la actividad física a largo plazo.


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